Manuel Varela
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Análisis8 min de lectura

¿Qué son las elecciones de mitad de mandato y deberían importarte?

El 3 de noviembre se renuevan la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. Cómo funcionan estas elecciones y qué cambiaría de verdad si el Congreso cambia de manos.

El Capitolio de Washington visto desde la avenida Pennsylvania
Foto: Unsplash

El 3 de noviembre se celebrarán en Estados Unidos las llamadas elecciones de mitad de mandato (midterm en inglés). Mucho se ha escrito sobre una posible «ola azul», la expresión con la que se alude a un resultado claramente favorable al Partido Demócrata. Al margen de las simpatías que cada uno tenga por uno u otro partido, el objetivo de este artículo es explicar cómo funcionan estas elecciones y por qué son importantes. La respuesta quizá te sorprenda.

¿Por qué en martes?

Empecemos con un poco de contexto histórico. A diferencia de lo que ocurre en la mayoría de los países occidentales, las elecciones federales en Estados Unidos se celebran «el primer martes después del primer lunes de noviembre». La ley se remonta a 1845, una época en la que la mayoría de los estadounidenses se dedicaba a la agricultura. Se eligió noviembre porque ya había terminado la cosecha, pero el invierno aún no había dejado intransitables la mayoría de los caminos del siglo XIX. A menudo se tardaba un día en llegar al lugar de votación, la capital del condado, y como la mayoría de la gente iba a misa el domingo, el primer día disponible para votar era el martes. Aunque votar en martes no es lo más práctico dado el ritmo de vida actual (de hecho, algunos analistas sostienen que reduce la participación), la tradición se ha mantenido intacta.

¿Qué está en juego?

Se denominan elecciones «de mitad de mandato» porque se celebran a mitad del mandato de cuatro años del presidente en ejercicio. Aunque la mayoría de los analistas hablan de la popularidad del presidente Trump (o de la falta de ella) y de su efecto en los resultados, él no se presenta a estas elecciones.

En unas elecciones de mitad de mandato se renuevan los 435 escaños de la Cámara de Representantes (cuyos miembros tienen mandatos de dos años) y aproximadamente un tercio del Senado. El Senado cuenta con 100 miembros elegidos para seis años, y cada dos años se renueva un tercio de los escaños. (Puede haber alguna variación, por ejemplo, cuando un senador fallece durante su mandato y hay que sustituirlo).

Los miembros de la Cámara de Representantes representan distritos, y son los vecinos de cada distrito quienes eligen, normalmente entre los dos candidatos que ganaron las primarias de sus respectivos partidos. A diferencia de muchos países europeos, no existen «listas de partido»: los votantes eligen al candidato que representará el distrito en el que viven.

Los senadores representan a los estados, y cada uno de los cincuenta estados tiene dos senadores, independientemente de su población. Así, los casi 40 millones de habitantes de California tienen el mismo número de senadores que los 590.000 habitantes de Wyoming. En un principio, los senadores no los elegían los ciudadanos, sino los órganos legislativos de cada estado, pero en 1913 se enmendó la Constitución de Estados Unidos para que los ciudadanos eligieran directamente a sus senadores.

¿Hay algo en juego?

Un cambio en el partido que controla la Cámara de Representantes o el Senado transforma casi todo lo que hace el Congreso, desde qué proyectos de ley se votan hasta qué cargos públicos son investigados. Este año, tanto la Cámara de Representantes como el Senado están en disputa. Y eso es algo poco habitual: históricamente, el control de cada cámara solo ha cambiado aproximadamente una vez por década. De hecho, los demócratas controlaron la Cámara de Representantes durante 40 años seguidos, de 1955 a 1995. Que ambas cámaras cambien de manos en unas mismas elecciones es poco frecuente en términos históricos: solo ha ocurrido dos veces en los últimos 70 años.

Un cambio de control en el Congreso no tendrá el efecto que la mayoría espera

¿Importa que cambie el control de alguna de las cámaras del Congreso? La respuesta corta es que sí, pero no por el motivo que crees.

Veamos por qué algunos creen que es importante y por qué se equivocan. Actualmente, tanto la Cámara de Representantes como el Senado están controlados por el partido del presidente Trump. Un argumento habitual, tanto entre sus partidarios como entre sus detractores, es que un cambio de control en la Cámara o en el Senado (o en ambos) le dificultará sacar adelante políticas que unos adoran y otros detestan.

Quienes piensan así se equivocan en gran medida. Aun con ambas cámaras del Congreso bajo su control, el presidente Trump ha tenido escaso éxito a la hora de aprobar leyes en su segundo mandato. De los cinco últimos presidentes (incluido Trump en su primer mandato), la cifra de leyes aprobadas en estos dos últimos años, apenas 121, es la más baja. La siguiente cifra más baja corresponde a los dos primeros años de Joe Biden, con 214 leyes aprobadas, y queda muy por debajo de las 284 leyes aprobadas en los primeros dos años del mandato del presidente Obama.

De esas 121 leyes, aproximadamente dos tercios se aprobaron con el apoyo de más de tres cuartas partes del Congreso. Suelen ser asuntos poco controvertidos que se resuelven a viva voz y no mediante votación nominal. Los cambios de control en el Congreso apenas influyen en este tipo de cuestiones.

Así pues, guste o no, cuesta imaginar que el presidente Trump vaya a tener menos éxito en el Congreso tras las elecciones de mitad de mandato del que ha tenido en los dos primeros años de su actual mandato.

Pero, como bien sabemos, eso no significa que carezca de poder. Muchas de las políticas de Trump que más rechazo generan entre los europeos no se verán afectadas por el Congreso.

Por ejemplo, la política exterior y comercial, incluida la política arancelaria, depende en gran medida de la discreción del presidente. Las acciones y la política militares, como la guerra con Irán, la captura de Nicolás Maduro, la política hacia la OTAN o el apoyo a Ucrania, dependen casi por completo del presidente. La regulación, las sanciones, la política medioambiental y los nombramientos en las agencias federales también están prácticamente en manos del presidente, por lo que es poco probable que cambien.

Y quizá lo más visible: la tendencia del presidente Trump a provocar a otros países y a hacer declaraciones extravagantes no se verá afectada por un cambio en el Congreso. Lo que desde los tiempos de Theodore Roosevelt se conoce como el «bully pulpit» (la tribuna privilegiada que permite al presidente marcar la agenda nacional e internacional) no depende del Congreso.

En resumen, aunque los demócratas se hagan con el control de la Cámara de Representantes y del Senado, eso apenas afectará a la forma en que el presidente Trump ha ejercido el poder durante los dos últimos años.

Por qué un cambio de control en el Congreso sí importa

Poder de citación y audiencias de control

El control de cualquiera de las dos cámaras otorga el poder de citación (subpoena power) y la capacidad de celebrar audiencias sobre prácticamente cualquier asunto. Cuando el partido del presidente controla ambas cámaras, la supervisión del poder ejecutivo suele ser escasa, si no inexistente. Cuando el partido de la oposición gana una cámara, eso suele cambiar rápidamente. El poder de citación conlleva la facultad legal de exigir la entrega de documentos y declaraciones bajo juramento.

Una mayoría demócrata en la Cámara de Representantes o en el Senado puede exigir documentos a agencias federales o a entidades privadas, citar a miembros del Gabinete para que declaren públicamente bajo juramento y abrir investigaciones formales sobre la actuación de la Administración. Estas investigaciones pueden marcar la cobertura informativa durante meses y obligar a la Casa Blanca a dedicar tiempo y personal a responder.

Fueron las audiencias de la Cámara de Representantes, de mayoría demócrata, sobre la interacción entre Trump y el presidente ucraniano Zelenski las que desembocaron en el primer proceso de destitución (impeachment) del presidente Trump. Si los republicanos hubieran controlado la Cámara, cabe suponer que esas audiencias nunca se habrían celebrado y sin duda no hubiéramos llegado a ese primer impeachment.

Dado el carácter tan controvertido de la presidencia de Trump, incluidas las dudas éticas sobre los negocios de su familia y de su entorno, este nuevo poder de supervisión podría limitar profundamente su margen de maniobra durante los dos años que le quedan en el cargo.

El control del Senado

El Senado tiene un poder que la Cámara de Representantes no tiene: confirma los nombramientos del presidente. Entre ellos figuran los secretarios del Gabinete, los embajadores, los directores de las agencias federales y todos los jueces federales, incluidos los del Tribunal Supremo. Desde que el Senado eliminó el filibusterismo para los nombramientos, basta con una mayoría simple para confirmarlos, por lo que el control de la cámara es decisivo.

Cuando el partido del presidente controla el Senado, los nombramientos avanzan sin obstáculos y los tribunales pueden transformarse en un solo mandato. Cuando lo controla la oposición, las confirmaciones se ralentizan considerablemente, y algunos puestos pueden quedar vacantes a la espera de que los cubra otro presidente.

El Tribunal Supremo tiene un enorme peso en el funcionamiento del Estado, y sus dos miembros de más edad (de los nueve magistrados actuales) son también los más afines a Trump: los jueces Thomas y Alito. Si alguno de ellos se retira durante lo que queda del mandato de Trump, un Senado demócrata hará mucho menos probable que Trump pueda sustituirlo por un jurista de ideas afines.

Dinero, plazos y presión política

El poder sobre el presupuesto corresponde al Congreso, y es la mayoría quien lo elabora. Redacta la resolución presupuestaria y controla los comités de asignaciones que financian todas las agencias federales. Una nueva mayoría puede reorientar el gasto hacia sus prioridades y alejarlo de los programas a los que se opone.

Con un Gobierno dividido, ese poder se convierte en una herramienta de presión. Los plazos anuales de gasto y el techo de deuda se convierten en moneda de cambio, y aumenta el riesgo de un cierre de la Administración o de un bloqueo en torno a la deuda. Cada parte puede aprovechar estos plazos para arrancar concesiones, y el presidente Trump se verá obligado a negociar con los demócratas como ahora no le hace falta.

En definitiva, las elecciones de mitad de mandato reflejarán lo satisfechos o insatisfechos que están los estadounidenses con el presidente Trump (y las encuestas apuntan a un descontento histórico), pero es poco probable que un cambio de control en una o ambas cámaras del Congreso afecte a los asuntos que preocupan fuera de Estados Unidos, aunque sin duda podría hacerle la vida bastante más incómoda al presidente actual.

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