Ya escribí anteriormente sobre las repercusiones de un posible cambio de control en la Cámara de Representantes y en el Senado, y ahora sabemos que los demócratas se harán con el control de ambas cámaras. Las ondas y la prensa escrita están repletas de opiniones sobre por qué los votantes han propinado al presidente en ejercicio un varapalo tan contundente. Quiero centrarme en algo que es exclusivo de Estados Unidos y que, en mi opinión, no está recibiendo la atención que merece. Y aunque los demócratas superaron a los republicanos en todos los frentes, tanto a escala nacional como local, nos centraremos en un órgano concreto: la Cámara de Representantes.
Más concretamente, en la cuestión que hace menos de 18 meses se presentaba como el fin de la democracia estadounidense y que, sin embargo, en las últimas 24 horas apenas ha recibido atención: la redistribución de distritos, que es el término amable, o el gerrymandering, que es el término más feo. Pero, sea cual sea el término que prefieran, hace poco más de un año algunos expertos nos decían que el 3 de noviembre de 2026 asistiríamos al fin de la democracia estadounidense, y no ocurrió nada parecido.
Pero antes de empezar, situemos estas elecciones en su contexto histórico, comparándolas con otras de la era posterior al Watergate. Aunque los resultados suponen una victoria indiscutiblemente importante para los demócratas, y quizá, con más precisión, un varapalo para el presidente Trump, no son tan históricos como algunos querrían hacernos creer. Aunque aún no hay resultados definitivos, todo indica que los demócratas obtendrán en la Cámara una ganancia neta de unos 45 a 55 escaños. Una cifra elevada, sin duda, pero no tan inusual como cabría pensar.
En 2010, a los dos años del primer mandato de Barack Obama, los republicanos arrebataron 63 escaños de la Cámara, impulsados por el enfado de los votantes ante un desempleo que seguía rondando el 10 % tras la crisis financiera de 2008 y por el resentimiento porque el «Obamacare» —la reforma del sistema sanitario— se aprobó con una votación estrictamente partidista.
En 1994, a los dos años del primer mandato de Bill Clinton, los republicanos lograron una ganancia neta de 54 escaños en la Cámara. Los votantes estaban indignados por el fracaso de la reforma del sistema sanitario, el amiguismo en la Casa Blanca y la subida de impuestos.
En 1974, las elecciones de mitad de mandato llegaron poco después de que Richard Nixon se viera obligado a dimitir, y el escándalo político, unido a una economía estancada debida, entre otras cosas, al elevado precio de la gasolina, dio a los demócratas una ganancia neta de 49 escaños. (Un inciso: el vuelco de 1974 quizá sea el más significativo de todos, porque los demócratas ya partían con mayoría y aquellos resultados les otorgaron más de dos tercios de los escaños, lo que potencialmente les permitía anular vetos presidenciales).
Pero, en lo esencial, cuando se hayan contado todos los votos, la ganancia neta de los demócratas será importante, aunque no tan inusual como los tertulianos quieren hacernos creer.
¿Qué tiene de especial la Cámara de Representantes?
En un artículo anterior abordamos algunas diferencias entre las elecciones estadounidenses y las de España y la mayor parte de Europa. Las elecciones a la Cámara de Representantes de EE. UU. se dirimen por el sistema de «el ganador se lo lleva todo» en 435 distritos uninominales. Cada distrito elige a un representante, y gana quien obtiene más votos. Los votos a los candidatos perdedores no eligen a nadie. Como consecuencia, el reparto nacional de escaños puede diferir mucho del voto nacional. Un partido puede obtener el 52 % de los votos y el 60 % de los escaños, o perder por poco el voto popular y aun así conservar la mayoría. Como todo depende de qué votantes caen en qué distrito, trazar las fronteras tiene tanto poder en Estados Unidos y es objeto de tantas batallas.
La mayoría de las democracias europeas utilizan la representación proporcional. En países como España, los Países Bajos, Suecia y Portugal, los votantes eligen principalmente una lista de partido, y los escaños se reparten aproximadamente en proporción al porcentaje de voto de cada partido. Un partido con el 20 % de los votos obtiene en torno al 20 % de los escaños. (Debido a intereses nacionales particulares —por ejemplo, el de dar representación a partidos pequeños o a zonas poco pobladas—, la ponderación puede distorsionar estas cifras). Los Países Bajos tratan todo el país como una única circunscripción. Otros utilizan grandes circunscripciones plurinominales. Alemania y Nueva Zelanda combinan ambos enfoques: los votantes eligen representantes de distrito, pero también votan a un partido, y ese voto de partido determina la proporción total de escaños de cada formación. Con estos sistemas, el gerrymandering apenas tiene efecto. Mover una frontera casi no altera el resultado cuando los escaños siguen al voto.
Las diferencias van más allá de las matemáticas. Los distritos en los que el ganador se lo lleva todo favorecen a dos grandes partidos, ya que un voto a un partido pequeño rara vez consigue un escaño. Los politólogos llaman a este patrón ley de Duverger, por el sociólogo Maurice Duverger, comunista acérrimo y admirador de la Unión Soviética. Los sistemas proporcionales suelen dar lugar a cinco, ocho o más partidos en el parlamento. Ningún partido obtiene la mayoría por sí solo, de modo que los gobiernos se forman mediante negociaciones de coalición tras las elecciones, que pueden prolongarse semanas o incluso meses. Aunque, por supuesto, los españoles lo saben mejor que nadie. En el sistema estadounidense, el resultado se conoce la misma noche electoral o a la mañana siguiente. La contrapartida funciona en ambos sentidos. Los votantes estadounidenses tienen un representante vinculado a un lugar concreto y que rinde cuentas ante él. Los votantes europeos tienen un parlamento que refleja con más fidelidad cómo ha votado el país.
La «cera de colores»
Algunos distritos electorales parecen menos comunidades que la obra de un niño pequeño suelto con una cera de colores. La propia palabra nace de uno de ellos: en 1812, un distrito de Massachusetts aprobado por el gobernador Elbridge Gerry serpenteaba de forma tan extraña que un periódico de Boston lo dibujó como una salamandra y lo bautizó como «Gerry-mander».
Dos siglos después, los cartógrafos lo han superado. El antiguo 3.er distrito de Maryland estaba tan retorcido que un juez federal lo comparó con un pterodáctilo con el ala rota, tendido boca abajo sobre el centro del estado. El antiguo 7.º distrito de Pensilvania llegó a conocerse como «Goofy dándole una patada al Pato Donald» antes de que el Tribunal Supremo del estado anulara el mapa en 2018. El 12.º distrito de Carolina del Norte llegó a extenderse unos 260 kilómetros (160 millas) a lo largo de la Interestatal 85, en algunos tramos apenas más ancho que la propia autopista, e Illinois trazó un distrito en Chicago con forma de orejeras: dos barrios unidos únicamente por una estrecha franja de terreno. Las formas tienen gracia, pero la broma tiene su fondo: cuando un distrito tiene que retorcerse tanto para captar a los votantes adecuados, suele ser porque los políticos están eligiendo a sus votantes, y no al revés.
El gerrymandering funciona desperdiciando los votos del partido contrario. Los cartógrafos lo hacen de dos maneras:
• Concentración (packing): agrupar a los votantes del otro partido en unos pocos distritos, de modo que ganen esos escaños por márgenes enormes y cada voto adicional no sirva para nada.
• Fragmentación (cracking): repartir al resto de esos votantes entre muchos distritos, de modo que se queden justo por debajo de la mayoría en cada uno.
Imaginemos un estado con 50 votantes y cinco distritos de 10 votantes cada uno. El partido A tiene 30 votantes (60 %) y el partido B, 20 (40 %). Esto es lo que pueden conseguir solo las fronteras:
¿Cómo se trazan las fronteras?
Proporcional: A gana 3 distritos y B gana 2 (Escaños: A3,B2)
Trazado a favor del partido A: los votantes de B se reparten por igual; A gana todos los distritos 6-4 (Escaños: A5,B0).
Trazado a favor del partido B: los votantes de A, concentrados en 2 distritos (10-0); B gana los otros 3, 6-4 (Escaños: A2,B3).
Los mismos votantes pueden producir un pleno de 5–0 o una derrota por 3–2 para el partido con el 60 % de los votos. Los cartógrafos actuales utilizan resultados electorales por mesa, censos de votantes y programas informáticos que prueban miles de mapas en cuestión de minutos. Aun así, tienen que trazar distritos con poblaciones prácticamente iguales y respetar las normas federales y estatales.
La trampa: la fragmentación deja a un partido ganando muchos distritos por márgenes estrechos. Cuando el voto oscila con fuerza, como ha ocurrido este año, todos esos escaños pueden caer a la vez. Es el llamado «dummymander» (un gerrymander que se vuelve contra sus autores), el que ha puesto el mapa de Texas en contra del partido que lo trazó.
Pero la cuestión es que, si uno «tiene la cera en la mano» y busca un resultado determinado, en principio puede manipular los distritos para llegar al resultado que desea. Esto viene ocurriendo desde hace más de 200 años, y Elbridge Gerry, que firmó la Declaración de Independencia, fue vicepresidente y se graduó en mi alma mater, el Harvard College, será recordado para siempre por su «salamandra».
El pánico
La alarma saltó en Texas en el verano de 2025. Los republicanos redibujaron cinco distritos en manos demócratas para convertirlos en escaños que Trump habría ganado por al menos 10 puntos. Los legisladores demócratas huyeron literalmente del estado para impedir el quórum, lo que retrasó el mapa pero no lo detuvo. El gobernador de Texas amenazó con hacer que trajeran de vuelta a Texas, por la fuerza, a los legisladores ausentes.
En agosto de 2025, mientras los demócratas de Texas estaban fuera del estado para bloquear el nuevo trazado, el consejo editorial del Houston Chronicle publicó una sección de «pulgar arriba, pulgar abajo» en la que calificaba los distritos propuestos como si fueran manchas de un test de Rorschach. Su titular enumeraba a Big Bird, una cabeza de elefante y un extraterrestre defecando. El consejo también distinguió un «Pensador» al estilo de Rodin en un distrito que obligaría al congresista republicano Brian Babin a desplazarse desde el sur del condado de Harris hasta Lufkin. Y encontró a alguien dando una patada en el trasero y a un elefante comiéndose un cacahuete.
California respondió. El gobernador Gavin Newsom presentó la Proposición 50 como una forma de «combatir el fuego con fuego», y los votantes la aprobaron por un 65 % frente a un 35 % en noviembre de 2025. El nuevo mapa apuntaba a cinco escaños en manos republicanas. Los republicanos lo calificaron de asalto al poder que vaciaba de contenido la comisión independiente del estado.
A partir de ahí, la batalla se extendió a Misuri, Carolina del Norte, Ohio, Utah, Florida, Virginia y el Sur Profundo, donde una sentencia del Tribunal Supremo permitió a los estados eliminar algunos distritos de mayoría negra. En junio, NBC News contabilizaba hasta 16 escaños que los republicanos podían ganar con los nuevos mapas, frente a seis para los demócratas. Antes de la votación, el líder demócrata en la Cámara, Hakeem Jeffries, acusó a los republicanos de intentar «arrebatarle las elecciones al pueblo estadounidense».
El mensaje de ambos bandos era el mismo: la Cámara la decidirían los cartógrafos, no los votantes.
Lo que ocurrió realmente
Texas, donde empezó la guerra, es el caso más claro. Según el Texas Tribune, los republicanos perdieron cuatro de los cinco escaños que su mapa pretendía arrebatar y perdieron además dos que ya tenían. En enero llegarán a Washington con 24 escaños por Texas, uno menos que al principio.
La contraofensiva de gerrymandering de California sí funcionó según lo previsto: en la noche electoral, los demócratas habían ganado tres de los cinco escaños en su punto de mira e iban por delante en los otros dos.
NBC News concluyó que las guerras de redistribución de distritos acabaron favoreciendo ligeramente a los republicanos en conjunto. Una ligera ventaja para el bando que perdió de forma rotunda es lo más parecido a un efecto nulo que pueden dar unas elecciones.
Por qué los mapas no importaron
Los mapas se anularon en gran medida entre sí. La investigación del politólogo de Harvard Kosuke Imai concluyó que ambos partidos practican el gerrymandering y que sus efectos se compensan en gran medida, lo que deja a los republicanos con una ganancia neta de unos dos escaños a escala nacional. Los cinco objetivos de Texas y los cinco de California, sobre el papel, se neutralizaban.
Las elecciones de mitad de mandato castigan al partido del presidente. Ese partido ha perdido terreno en la Cámara en 20 de las 22 elecciones de mitad de mandato celebradas desde 1938, según datos de la Brookings Institution citados por Axios. Unos pocos escaños redibujados son un colchón muy fino frente a esa tendencia, sobre todo con un presidente impopular.
Un gerrymander es una apuesta sobre cómo votará la gente. Los republicanos de Texas diseñaron sus nuevos distritos dando por hecho que los votantes latinos seguirían apoyando al Partido Republicano tras su giro hacia Trump en 2024. Cuando ese apoyo se erosionó, distritos trazados para una ventaja republicana de 10 puntos pasaron a ser competitivos o se perdieron. Es el llamado «dummymander»: un mapa que reparte a los votantes de un partido de forma demasiado dispersa y que, en un mal año, se vuelve en su contra.
Conclusión
Durante un año se dijo a los estadounidenses que unas cuantas líneas en un mapa decidirían quién controla la Cámara. El 3 de noviembre, esas líneas movieron algunos escaños y cambiaron a algunos congresistas. No cambiaron el resultado. El partido en la oposición ganó las elecciones de mitad de mandato, como suele ocurrir, y en Texas el gerrymander concebido para impedirlo acabó costando escaños a sus autores. Los cartógrafos pueden trazar el terreno de juego, pero son los votantes quienes siguen decidiendo el resultado. Y, por cierto, aunque todavía se están contando los votos, todo apunta a que el porcentaje de escaños de los demócratas será casi idéntico al porcentaje del voto nacional que han obtenido: los demócratas han recibido aproximadamente el 57 % de los votos a la Cámara y tendrán aproximadamente el 57 % de los escaños. ¡Para que luego digan que las ceras de colores dibujan pterodáctilos!
